
Espoleados por el reciente éxito en la Eurocopa de fútbol y el buen momento del deporte español, el excitado periodismo español marchaba a Pekín con expectativas titánicas. Ebrios de triunfalismo, las 22 medallas de Barcelona 92 eran un objetivo alcanzable. El presidente de la Federación de Atletismo, deporte rey en los Juegos Olímpicos vaticinaba eufórico una horquilla de 8 a 10 medallas en la pista. Todo optimismo. La Familia Real en pleno se presenta en Pekín, qué sacrificio el suyo, siempre de viaje oficial y encima criticados por trasnochados republicanos.
En el equipo español todo es orgullo nacional. Aunque una veintena de atletas sean mercenarios comprados a países pobres y nacionalizados por la vía rápida: urge la cosecha rápida de metales.
La nacionalización de atletas para obtener medallas es patente en el caso de España, pero patética en el caso de otros países como Qatar o Bahrein. No tienen atletas pero sí petróleo. Compran medallas. En pocos años la cita olímpica no será más que una competición por ver quién ha comprado a los mejores atletas.
Comienza la lluvia nacional de medallas. Total: 18. A pesar de la grandilocuencia de los políticos desplazados a China, hemos retrocedido respecto a Atenas 2004, donde se consiguió una más. Además, la mayoría de metales se consigue en deportes practicados por todo el país: vela clase Tornado, vela clase 49, natación sincronizada, piragüismo K2, ciclismo modalidad Madison, piragüismo C1, esgrima, tenis. Atletismo, epicentro y leit motiv de los Juegos, cero medallas. Por cierto, un caso de dopaje en ciclismo incluido. Algún día alguien tendrá que explicar porqué todos los ciclistas españoles que pillan haciendo trampas son cazados en el extranjero y nunca en España.
Sin ser malos los resultados, contrastan con la euforia de la clase política y periodística.
Quisiera ahora comparar el exultante dominio español con el deporte cubano. Cuba, al margen de sus contradicciones políticas que no son objeto de este artículo, es un país con pocos medios pero mucha ilusión. La cuarta parte de habitantes que España. Un bloqueo comercial constante. Uno de cada diez atletas se ha fugado del país. La motivación es difícil de hallar. El Tío Sam paga mucho mejor. Yurisel Laborde, doble campeona mundial de judo y casi segura medalla de oro en Pekín, huye a Estados Unidos meses antes de los Juegos y renuncia al metal. No es el único caso. Nadie le culpa, todos somos ambiciosos.
Los que se quedan realmente tienen un compromiso firme con su país. Cuando releo la expresión Compromiso Firme me acuerdo de Fernando Alonso, doble campeón mundial de Fórmula 1. Muy patriota él. Eso sí, sus impuestos en Suiza, faltaría más. O Arantxa Sánchez Vicario, medallista en Barcelona 92. Muy española ella, cada vez más arriba en el organigrama del COI. Eso sí, residencia fiscal en Andorra, faltaría más.
Esa pequeña isla caribeña, repleta de imperfecciones, poliédrica y contradictoria, es representada en la cita olímpica por deportistas que saben el futuro de riqueza que les espera si abandonan su país. El vecino del norte paga muy bien a los que se abrazan a las barras y estrellas. En Europa también verían traducida sus dotes atléticas en millones de euros. Esos mismos deportistas cubanos, los que se quedan en su isla dejando de ganar millones de dólares fuera, apalearon 10-2 al todopoderoso Estados Unidos en la semifinal olímpica de béisbol, el deporte nacional USA.
Quizá empujado por esta reflexión me dispuse a ver la final olímpica de 110 metros vallas. Compiten ocho atletas. Dos norteamericanos bravucones gesticulan ante la cámara antes de la salida. Hay un cubano, Robles, el favorito. Está harto de escuchar millonarias ofertas para correr por otros países. El compite por Cuba. También corre un español, Jackson Quiñónez. Bueno, en realidad es ecuatoriano, pero ha jurado la Constitución y seguro que si gana se le saltan las lágrimas escuchando el himno nacional. Suena el pistoletazo de salida. El cubano gana fácil. Los americanos, después de llegar segundo y tercero, siguen gesticulando teatralmente delante de la cámara. No saludan al vencedor. Parecen ellos los ganadores. El español o ecuatoriano o lo que él quiera ser, ha quedado último. El comentarista de la Televisión Española señala orgulloso el éxito de España por haber colocado un atleta en la final de 110 metros vallas. Entonces se ensaña con Cuba. Dice que lleva sólo tantas medallas (algunas más que España por cierto). Que el tal Robles seguro que dedica el triunfo al Comandante (sic) y que Cuba basa su posición en el medallero en el boxeo (Ningún púgil cubano consiguió el oro en Pekín). Un reportero corre a felicitar al español o ecuatoriano o lo que él quiera ser.
Esta ceremonia del patrioterismo deportivo fue, seguramente, lo que me hizo alegrarme por el triunfo de Robles. Y por el de todos los atletas cubanos. Un aviso: el que piense que este es un artículo de connotaciones políticas, se ha equivocado de artículo. Aquí se habla de dignidad.