18 de diciembre de 2009

¡Ánimo Gerardo!


Vaya desde aquí mi más sincero abrazo para el presidente de los empresarios españoles, don Gerardo Díaz Ferrán. El drama que está pasando este servidor de la sociedad no tiene parangón. El pobre debe soportar los improperios de sus empleados total, por deberles las cinco últimas nóminas. La Seguridad Social, es decir, todos, le reclamamos los 16 millones que debe y Caja Madrid le ha abierto expediente por impago de un crédito de otros 27 millones. Don Gerardo va a tener que pasar unas muy austeras navidades, seguramente no habrá lujos a la mesa, igual hasta se tiene que servir él mismo y todo serán privaciones mientras tiene que soportar los insultos de sus impagados empleados. ¿Pero es que no tienen corazón? ¿No se dan cuenta que este año en lugar de Château Petrus en su mesa van a tener que servir un vulgar L’Evangile Pomerol? Esa cuadrilla de rojos y titiriteros merecen que con sus impuestos (aunque no cobren su sueldo) se rescate el imperio de don Gerardo. Y no me extraña que eso suceda. Como ha dicho alguien en la cumbre de Copenhague: si el clima fuera un banquero, ya lo habrían salvado.

11 de septiembre de 2009


A pesar de multimillonarias ayudas públicas, la Banca no da crédito y mantiene a familias y empresas con el agua al cuello. Curiosamente sí tienen dinero para patrocinar a Ferrari en Fórmula 1. En pocas semanas tendremos a la mítica escudería pilotada por un español y patrocinada por un banco igualmente español. Que un banco (miles de millones de euros en beneficios) reciba ayudas públicas y un piloto (35 millones de euros de sueldo anual sin contar patrocinios) tribute en Suiza no será óbice para que millones de españoles (20.000 euros de sueldo anual medio si tienen la suerte de no estar en el paro) que tributan en su país aplaudan con las orejas las victorias del bólido. Tenemos lo que nos merecemos.

27 de enero de 2009

Pido perdón


Según la FAO 16.000 niños mueren cada día de hambre en nuestro planeta. La inversión para salvar a cada uno de ellos es de unos 50 euros.

El primer plan de rescate al sistema financiero norteamericano con dinero público prevé la entrega de la indimensionable cifra de 700.000 millones de dólares a entidades bancarias, aseguradoras, etc. Y no es el único plan. Obama ya proyecta otras ayudas similares y Europa ha puesto en marcha semejantes planes de reflote para sus bancos. Las cifras son mareantes.

Desde aquí pido perdón a todos esos niños y sus familias que van a morir hoy. Y mañana. Y todos los días porque nada va a cambiar. Os pido perdón por formar parte de este vanidoso mundo desarrollado cuya opulencia sólo es posible a costa de vuestra miseria y yo, que vivo con mucho más de lo necesario, no soy inocente. Os pido perdón, sabiendo que no lo merecemos. Tenemos dinero de sobra para daros de comer, pero nuestro sistema está enfermo. Perdonadnos al menos a los que somos conscientes de ello, a los que no os podemos aguantar la mirada. Porque a la mayoría de nosotros no le robáis ni un segundo de su plácido sueño.

Para todos esos miles de niños, mi cariño y mi sonrojo por pertenecer al mundo civilizado. Para los arquitectos de esta injusticia, a los Greenspan, a los Madoff, al FMI, al Banco Mundial, a los que han hecho de la avaricia su religión sin conocer siquiera la ética, a los se han hecho de oro sobre el parqué y ahora claman ayudas públicas, para todos ellos, mi desprecio. Ojalá el recuerdo de esos niños agonizantes no deje vuestras conciencias descansar. Aunque para eso hay que tener conciencia.

2 de diciembre de 2008

Niños sin presente



La situación de la infancia constituye una de las muestras más claras de los enormes abismos que separan nuestro mundo desarrollado y consumista del depauperado y consumido que acoge, es un decir, a la mayoría de la Humanidad. El trabajo infantil continúa siendo hoy una deplorable realidad en casi todo el Planeta, con más de 200 millones de niños y niñas ganándose el pan con el sudor de sus inocentes frentes. Una gran parte de ellos se incorpora al trabajo cuando apenas supera los cinco años de edad. Evidentemente, la palma se la llevan las zonas más desfavorecidas: en América Latina trabaja el 20% de los niños, en África uno de cada tres y en Asia, la mitad de los niños trabajan para sobrevivir.

Pero nuestra arraigada costumbre de mirar para otro lado se tambalea al constatar que estas terribles cifras afectan a países de la Unión Europea, especialmente a Gran Bretaña (se estiman en dos millones los menores trabajadores en ese país), como singular herencia del neoliberalismo brutal de los gobiernos de Major y Thatcher, la misma dirigente conservadora que, además de grandes aciertos como su apoyo incondicional al dictador genocida Pinochet, defendió y aplicó una doctrina basada en la filosofía de que “la sociedad no existe” y que dejó malparados servicios públicos esenciales. Quién le diría a la Dama de Hierro que su vehemente capitalismo se baja ahora los pantalones salvándose de la quema gracias a las ayudas públicas...

Las conclusiones ofrecidas por UNICEF en uno de sus últimos informes sobre el estado de la infancia son aterradores. La organización señala que uno de cada 12 niños muere antes de cumplir los cinco años por causas previsibles y perfectamente curables (infecciones, diarreas, etc.), el 25% vive en estado de extrema pobreza, 100 millones (el 60% niñas, qué curioso, hasta aquí alcanza la alargada sombra del sexismo) no van a la escuela y 149 millones de niños sufren desnutrición. De cada 100 niños, 27 no han sido vacunados, 39 viven en condiciones sanitarias inadecuadas, 18 no van a la escuela y 17 son analfabetos. Sumen a estas vergonzantes cifras los miles de niños que participan en guerras (más de 200.000 fueron reclutados como soldados en la última década) o mueren en ellas, los que son explotados sexualmente en distintos lugares del mundo... e irán completando el rompecabezas de un mundo desolador. Contrastar estos datos y a continuación comprobar el multimillonario e inmoral gasto armamentístico en nuestra cacareada cruzada contra el terrorismo internacional, supone un auténtico homenaje a la desvergüenza. Sinceramente, no me queda muy claro quién es el terrorista.
Por cierto hablando de delincuentes, me asombró la frialdad de quienes recibieron hace tiempo a Alí, el niño irakí que perdió sus brazos (cómo miles de niños que sufrieron mutilaciones) en uno de los humanitarios bombardeos norteamericanos sobre Irak, aplaudidos y jaleados por quién todos sabemos. Debería este terrorista de corbata y bigote explicar a este niño su entusiasmo ante la guerra y la razón por la cual ahora no tiene brazos con los que coger los juguetes que todo el mundo le regala.

9 de septiembre de 2008

Deporte y Dignidad

Espoleados por el reciente éxito en la Eurocopa de fútbol y el buen momento del deporte español, el excitado periodismo español marchaba a Pekín con expectativas titánicas. Ebrios de triunfalismo, las 22 medallas de Barcelona 92 eran un objetivo alcanzable. El presidente de la Federación de Atletismo, deporte rey en los Juegos Olímpicos vaticinaba eufórico una horquilla de 8 a 10 medallas en la pista. Todo optimismo. La Familia Real en pleno se presenta en Pekín, qué sacrificio el suyo, siempre de viaje oficial y encima criticados por trasnochados republicanos.

En el equipo español todo es orgullo nacional. Aunque una veintena de atletas sean mercenarios comprados a países pobres y nacionalizados por la vía rápida: urge la cosecha rápida de metales.

La nacionalización de atletas para obtener medallas es patente en el caso de España, pero patética en el caso de otros países como Qatar o Bahrein. No tienen atletas pero sí petróleo. Compran medallas. En pocos años la cita olímpica no será más que una competición por ver quién ha comprado a los mejores atletas.

Comienza la lluvia nacional de medallas. Total: 18. A pesar de la grandilocuencia de los políticos desplazados a China, hemos retrocedido respecto a Atenas 2004, donde se consiguió una más. Además, la mayoría de metales se consigue en deportes practicados por todo el país: vela clase Tornado, vela clase 49, natación sincronizada, piragüismo K2, ciclismo modalidad Madison, piragüismo C1, esgrima, tenis. Atletismo, epicentro y leit motiv de los Juegos, cero medallas. Por cierto, un caso de dopaje en ciclismo incluido. Algún día alguien tendrá que explicar porqué todos los ciclistas españoles que pillan haciendo trampas son cazados en el extranjero y nunca en España.

Sin ser malos los resultados, contrastan con la euforia de la clase política y periodística.

Quisiera ahora comparar el exultante dominio español con el deporte cubano. Cuba, al margen de sus contradicciones políticas que no son objeto de este artículo, es un país con pocos medios pero mucha ilusión. La cuarta parte de habitantes que España. Un bloqueo comercial constante. Uno de cada diez atletas se ha fugado del país. La motivación es difícil de hallar. El Tío Sam paga mucho mejor. Yurisel Laborde, doble campeona mundial de judo y casi segura medalla de oro en Pekín, huye a Estados Unidos meses antes de los Juegos y renuncia al metal. No es el único caso. Nadie le culpa, todos somos ambiciosos.

Los que se quedan realmente tienen un compromiso firme con su país. Cuando releo la expresión Compromiso Firme me acuerdo de Fernando Alonso, doble campeón mundial de Fórmula 1. Muy patriota él. Eso sí, sus impuestos en Suiza, faltaría más. O Arantxa Sánchez Vicario, medallista en Barcelona 92. Muy española ella, cada vez más arriba en el organigrama del COI. Eso sí, residencia fiscal en Andorra, faltaría más.

Esa pequeña isla caribeña, repleta de imperfecciones, poliédrica y contradictoria, es representada en la cita olímpica por deportistas que saben el futuro de riqueza que les espera si abandonan su país. El vecino del norte paga muy bien a los que se abrazan a las barras y estrellas. En Europa también verían traducida sus dotes atléticas en millones de euros. Esos mismos deportistas cubanos, los que se quedan en su isla dejando de ganar millones de dólares fuera, apalearon 10-2 al todopoderoso Estados Unidos en la semifinal olímpica de béisbol, el deporte nacional USA.

Quizá empujado por esta reflexión me dispuse a ver la final olímpica de 110 metros vallas. Compiten ocho atletas. Dos norteamericanos bravucones gesticulan ante la cámara antes de la salida. Hay un cubano, Robles, el favorito. Está harto de escuchar millonarias ofertas para correr por otros países. El compite por Cuba. También corre un español, Jackson Quiñónez. Bueno, en realidad es ecuatoriano, pero ha jurado la Constitución y seguro que si gana se le saltan las lágrimas escuchando el himno nacional. Suena el pistoletazo de salida. El cubano gana fácil. Los americanos, después de llegar segundo y tercero, siguen gesticulando teatralmente delante de la cámara. No saludan al vencedor. Parecen ellos los ganadores. El español o ecuatoriano o lo que él quiera ser, ha quedado último. El comentarista de la Televisión Española señala orgulloso el éxito de España por haber colocado un atleta en la final de 110 metros vallas. Entonces se ensaña con Cuba. Dice que lleva sólo tantas medallas (algunas más que España por cierto). Que el tal Robles seguro que dedica el triunfo al Comandante (sic) y que Cuba basa su posición en el medallero en el boxeo (Ningún púgil cubano consiguió el oro en Pekín). Un reportero corre a felicitar al español o ecuatoriano o lo que él quiera ser.

Esta ceremonia del patrioterismo deportivo fue, seguramente, lo que me hizo alegrarme por el triunfo de Robles. Y por el de todos los atletas cubanos. Un aviso: el que piense que este es un artículo de connotaciones políticas, se ha equivocado de artículo. Aquí se habla de dignidad.

12 de agosto de 2008

Arabako Mendialdea: hemen bizitzea zoragarria da. Montaña Alavesa: vivir aquí es maravilloso

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1 de agosto de 2008

Yo no puedo











Se aboga desde la derecha por no remover las cenizas del pasado con leyes que restañan viejas heridas ya cicatrizadas. El razonamiento no es malo. Quizá necesitemos aún el paso de varias generaciones para poder mirar a nuestra dramática historia reciente sin sesgo político. Este llamamiento a la amnesia tiene sin embargo un punto cínico. Setenta años después muchos no sabemos aún dónde están enterrados nuestros familiares. Seguramente los que claman contra la Ley de la Memoria Histórica pueden visitar a sus seres queridos fallecidos cada vez que quieran, y me alegro por ello. Yo no puedo. Mi abuela murió en la Guerra Civil. Ella no tenía ideología pero le tocó el bando perdedor. No sé dónde dejarle unas flores cuando necesito honrar su memoria. A cambio, tengo que soportar cada mañana la imponente visión del Arco del Triunfo desde donde se honra a los vencedores y se humilla a los derrotados. En el tren me tengo que bajar en la estación de Fanjul, si enfermo puedo acabar en el Hospital General Yagüe, desde la autopista observo cada mañana la colosal cruz del Valle de los Caídos y decenas de ejemplos más que todos conocemos. En el plano de la iconografía y de la simbología, nuestra experiencia diaria es un ejercicio de constante apología del bando vencedor. Así pues, del debate sobre la Ley de la Memoria Histórica empecemos por desterrar el cinismo.

24 de junio de 2008

Carroñeros


El guirre, el ave más emblemática tanto faunística como etnográficamente de Lanzarote, se muere. A su valor intrínseco se le añade la percepción de ser una especie beneficiosa para el hombre: única rapaz carroñera de Canarias, limpia el campo de animales muertos, evitando así la difusión de enfermedades. En la toponimia canaria queda avalada su importancia cultural, como por ejemplo en el Corral del Guirre, San Bartolomé. Probablemente seamos una de las últimas generaciones que tengamos el privilegio de haber observado su vigilante vuelo. En Lanzarote y el Archipiélago Chinijo se llegaron a contabilizar una treintena de parejas. Actualmente quedan dos parejas en Lanzarote y una en el islote de Alegranza. En Fuerteventura la situación es algo menos alarmante pero con la misma inercia: la extinción de uno de los iconos de la fauna autóctona canaria. Hasta el 2002, año en que fue descrito por primera vez para la ciencia este pequeño buitre endémico canario, se le consideraba idéntico al alimoche de la Península, pero diferencias genéticas y morfológicas terminaron de situar al guirre como un endemismo depositario de fuertes valores biohistóricos canarios.
El responsable de esta alarmante situación es sin duda el mayor depredador que ha habitado las islas a lo largo de su historia. Por un lado se encuentra la falta de recursos alimenticios suficientes, provocada por la estabulación del ganado y la desaparición de muladares. Ya no se dejan animales muertos en el campo, la fuente principal de alimentación del guirre. Estos hábitos de la ganadería, sin dejar de ser entendibles, bien tendrían que haber ido acompañados de medidas institucionales con un mínimo respeto por preservar los biotopos naturales del alimoche canario. Por otro lado está la alteración y destrucción del hábitat a manos del actual desenfrenado desarrollo económico. Pero también tiene mucha incidencia la incomprensible actividad destructiva directa de ese depredador que mencionábamos antes, ya sea mediante el expolio de nidos (con robo de huevos y polluelos), o por medio del uso de pesticidas y otros biocidas en la agricultura, auténticos venenos para la fauna salvaje y que son alegremente aplicados en nuestros campos sin que a ningún encorbatado responsable de medio ambiente se le ocurra limitar drásticamente su uso. Ante este panorama, cabe preguntarse qué especie animal encaja mejor bajo la denominación, al menos en su dimensión peyorativa, de carroñero.
Carroñeros son también quienes toleran el desaforado aumento de los centros urbanos y turísticos, carreteras, pistas o canteras que están destruyendo o alterando el hábitat de este símbolo volador de nuestra isla. Los vehículos "todo-terreno" o mejor dicho, la nula sensibilidad de sus conductores así como la falta de respeto y silencio en los períodos en los que el guirre cría a sus pollos, están acabando con el sosiego que esta especie necesita para reproducirse.
Otros factores, detrás de los cuales vuelve a estar el principal depredador carroñero del archipiélago, influyen directamente en el aumento de su mortalidad: el impacto contra las líneas eléctricas aéreas, la electrocución por contacto con las mismas o el envenenamiento por consumo de cebos ilegalmente colocados en el campo para controlar perros y gatos.
Este conjunto de factores y la desidia de los responsables públicos, que más ocupados en recalificaciones urbanísticas no tomaron medidas a tiempo, han provocado la desaparición total del guirre en todas las islas salvo Lanzarote y Fuerteventura, donde es sólo cuestión de tiempo. Que sigan muriendo electrocutados en los cables de alta tensión, envenenados por desaprensivos o por falta de recursos alimenticios es grave, pero más lo es que no se tomen medidas para evitarlo.
Éstas pasan por algo tan sencillo como instalar comederos o muladares donde se depositen restos de animales muertos controlados en diversos puntos de Lanzarote, una fuerte política sancionadora de comportamientos incívicos, limitación al desenfreno urbanístico (algo que se hace indispensable y no sólo para el caso de la fauna sino para la propia supervivencia de la isla), divulgación en el ámbito escolar en particular y social en general de pautas de educación ambiental que ayuden a valorar mejor nuestros recursos faunísticos y botánicos, el cambio de líneas eléctricas aéreas por soterradas y la instalación de posaderos artificiales que cumplan el papel que desempeñan ahora las torretas. No es menos importante una campaña de concienciación a los agricultores sobre el uso de pesticidas y venenos ilegales.
Estas medidas de carácter social deberían ir acompañadas de otras con una perspectiva más científica como el trasvase de ejemplares desde Fuerteventura para conseguir un equilibrio poblacional que redundaría en beneficio de ambas islas, la introducción de nuevas parejas en las zonas de las que ha desaparecido el guirre (algo avalado por prestigiosos ornitólogos), la elaboración un modelo demográfico que sirva para predecir la evolución futura de la especie (fundamentado en el anillamiento de aves, censos, estudios genéticos y de hábitat) o el desarrollo de un proyecto de cría en cautividad que garantice la supervivencia en caso de desaparición de los ejemplares salvajes. Todas estas medidas deberían cristalizar en resultados a medio plazo de forma que se conserve una población estable, con unos efectivos reproductores y una zona de distribución razonables para garantizar la viabilidad genética y demográfica de esta especie, uno de los símbolos naturales de Lanzarote, que puede dejar de serlo.

7 de mayo de 2008

Por qué no me callo


El archiconocido exabrupto del Rey en cualquier otro Jefe de Estado, habría sido apaleado en los medios, pero en España siempre ha triunfado la imagen del gallito. Esa misma imagen que cultiva patéticamente Hugo Chávez es alabada en Juan Carlos, con la diferencia de que el grotesco venezolano está ahí por la voluntad abrumadora de su pueblo y el Borbón por voluntad divina.

Quizá estuvo el Rey espoleado por la clase empresarial española que ve peligrar sus jugosos negocios en Latinoamérica donde lleva a cabo una segunda colonización. Esta vez expoliando recursos naturales con la globalización por bandera; genocida hace medio milenio con el crucifijo en una mano y la espada en la otra.

Antes buscaron el oro y la salvación de los salvajes. Ahora, los nuevos descubridores obtienen plusvalías multimillonarias en los negocios del gas, de la telefonía o del petróleo, dejando en los países de origen una parte ínfima de los beneficios, pagando salarios de subsistencia a la mano de obra local y de paso arrasando su patrimonio natural.
En Latinoamérica cada vez menos gente entiende la soberanía como servilismo económico, político o cultural. España ha dejado de ser la matriz que vela por los intereses de sus antiguas colonias en los foros internacionales. Ahora es el ariete que desangra sus riquezas. Antes con gobiernos títeres era bien sencillo y silencioso. Ahora, con gobiernos independientes, por muy enfangados en el populismo y la grosería que estén, es más difícil el expolio.
La dramática crisis latinoamericana de mediados del siglo pasado despertó la piedad de los países ricos, quienes aliviaron la insoportable deuda externa a cambio de privatizar sectores estratégicos, mucho más manejables en manos privadas bien pagadas. Estas hipotecas han sido sacudidas por los pueblos que han descubierto que pueden ser soberanos y que su tierra les pertenece. Su enemigo ha cambiado de aspecto. Ahora viene encorbatado y con talante paternalista pero debajo de esa piel de cordero subyace una estructura de sometimiento político-económico que cuando ve amenazados sus intereses te manda a callar.

3 de abril de 2008

¿Reserva de la Biosfera?


Lanzarote fue declarada en 1993 Reserva de la Biosfera por la UNESCO, el Organismo de las Naciones Unidas competente en Educación, Ciencia y Cultura. Este hito nos situó en la vanguardia de un movimiento global encaminado a contener y racionalizar la voracidad del crecimiento turístico. Ser Reserva de la Biosfera nos compromete a todos en la promoción y defensa de una gestión ecológicamente responsable, socialmente integradora y culturalmente creativa. Lanzarote atesora una alta potencialidad ambiental y alberga importantísimos enclaves protegidos, auténticos laboratorios de la naturaleza a escala real, que exigen de nosotros la responsabilidad histórica de impedir su irreversible deterioro.

Sin embargo, la bonanza económica y el estado de bienestar que hemos alcanzado se ha forjado en muchas ocasiones a costa de maltratar el legado ecológico que estamos obligados a conservar. Este crecimiento económico se sustenta demasiado en la incontrolada expansión del fenómeno turístico-urbanístico, principal responsable de la masiva ocupación del territorio. El último informe para el período 2004-2005 del Consejo Económico y Social (CES) de Canarias denuncia esta situación y pretende poner de relieve las amenazas que se ciernen sobre la calidad ambiental de Lanzarote.

Un análisis somero de los datos que el CES pone sobre la mesa hace tambalearse todo el andamiaje que en su día certificó a Lanzarote como Reserva de la Biosfera. En los dos últimos años se han puesto en el mercado casi 20.000 nuevas camas, fruto de la pantomima llamada moratoria turística. La actividad empresarial, en su inmensa mayoría relacionada con el turismo, ha crecido prácticamente un 90 por ciento. De este escenario de prosperidad económica se derivan tanto el efecto llamada de la inmigración como el incremento de la población residente, que ha superado ya la cifra límite establecida en el documento “Lanzarote en la Biosfera” para el año 2021. Lanzarote tiene en la actualidad 116.872 habitantes de derecho y 172.472 de hecho, lo que supone más de 203 habitantes por kilómetro cuadrado, eso sin considerar que casi la mitad del territorio conejero es espacio natural protegido, lo que doblaría esa densidad de población.

Este crecimiento empresarial, turístico y demográfico lleva irremediablemente asociado una desnaturalización de los parámetros demandados a una Reserva de la Biosfera. Han aumentado las necesidades de transporte, comienza a ser inviable la gestión de residuos, en quince años se ha triplicado el consumo de energía eléctrica de fuentes no renovables y se ha quintuplicado la producción de agua. El número de vehículos se ha disparado un 138% hasta alcanzar la cifra de más de 100.000, lo que ha aumentado la intensidad media del tráfico hasta un 90% en las principales vías de Lanzarote.

Todos estos datos deben hacernos reflexionar. La capacidad de nuestra isla para absorber los efectos del crecimiento no es ilimitada. El problema exige de nosotros modificar absolutamente nuestra perspectiva del desarrollo. Éste no debe ser entendido como un elemento de impacto en el medio natural, sino que debe constituir una herramienta para la conservación de las cualidades naturales y para la promoción de los valores estéticos, ecológicos y paisajísticos. ¿Cómo? Incorporando a cualquier proceso de toma de decisiones un sesgo ambiental, un criterio de sostenibilidad, un barniz de responsabilidad en todo lo referente a la gestión urbanística y turística. En el legado que César Manrique dejó a los lanzaroteños debemos buscar las directrices que han de garantizar la supervivencia de nuestro tesoro ecológico, en la clase política local reside la responsabilidad de saber interpretar y hacer cristalizar esas pautas en modelos de desarrollo sostenible y sobre cada uno de nosotros recae la ineludible tarea de velar por la transparencia y eficiencia de todo el proceso.

3 de marzo de 2008




Los recientes escándalos político-urbanísticos en las zonas más turísticas del país han puesto en el punto de mira de la denuncia social la especulación que está asfixiando nuestro patrimonio natural a base de ladrillo y comisión. La trama inmobiliaria en la Costa del Sol parece ser tan sólo una de las muchas corruptelas que salpican sobretodo las zonas costeras del estado. Lo sucedido en Marbella ha perfilado el panorama a largo plazo de la industria turística de España a través de una combinación de mercado inmobiliario muy especulativo, degradación ambiental, tramas político-financieras, recalificaciones a la carta, nepotismo y corrupción.
Como era previsible, y como todos más o menos intuíamos, Lanzarote no ha quedado al margen de esta corruptela a escala estatal. La posible condena del alcalde de Yaiza a 19 años de inhabilitación para el ejercicio de sus funciones por parte de la Fiscalía Especial de Medio Ambiente del Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC) supone el comienzo del desmantelamiento del cortijo que entre políticos, técnicos y empresarios de la construcción habían levantado en la isla. Era algo que todos sabíamos, casi obvio, y estábamos empezando a acostumbrarnos al fétido olor de la corrupción. Afortunadamente el TSJC ha encontrado indicios suficientes como para considerar que el alcalde ha incurrido en prevaricación urbanística y delito continuado contra la ordenación territorial, debido a la entrega de licencias de construcción en suelo rústico. El alcalde sureño será enjuiciado penalmente por conceder licencias de construcción en una finca inventariada como rústica por el Plan Insular de Ordenación junto a la carretera que une las localidades de Femés y Las Breñas.
En otras ocasiones este alcalde se ha visto inmerso en otros procesos penales (como en el famoso caso del muro) pero ante denuncias de particulares. Esta vez la cosa va en serio, ya que la denuncia es del Ministerio Fiscal a través del Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil. Sin embargo, no deberíamos focalizar las sospechas sólo en el plano político. Los técnicos municipales participan y autorizan las licencias, y eso les hace cómplices de cualquier delito. En la Audiencia Provincial de Las Palmas se sentarán también el secretario del Ayuntamiento, el aparejador y el arquitecto técnico municipal. La Fiscalía pide para éste último, además de la inhabilitación, la condena a cinco años de prisión por delito de falsedad documental.
Pero, ¿se sientan en el banquillo realmente todos los culpables? ¿Qué tipo de tara cultural tiene nuestra sociedad para generar este tipo de comportamientos con tanta frecuencia? Todo este contexto de prevaricación urbanística y delitos contra el medio ambiente no hace sino dar una dimensión de denuncia judicial a algo que en Lanzarote y en el resto del estado debió haber tenido ya hace tiempo dimensión de denuncia social.
Informes ambiguos, licencias ilegales, recalificaciones fraudulentas… Se empieza por transformar la casita de aperos en residencia modesta de fin de semana y se termina con el adefesio monstruoso que reventó la playa de las Coloradas construido gracias al repentino cambio de criterio de algún técnico. Se comienza con un concejal que coloca a su primo en el Ayuntamiento y se termina con la Operación Malaya. Con movilización popular nada de esto hubiera sido posible. Instalados en la indiferencia o en el interés avaro, hemos perdido la capacidad de generar una sensibilidad colectiva directamente enfrentada al trapicheo y el tráfico de influencias. Quizá porque me interesa que esa parcelita tan preciosa deje de ser rústica para construir mi propia casa. Posiblemente por que alguna vez haya querido obtener algún favorcito de ese concejal amigo. Probablemente porque me haya beneficiado en alguna ocasión de una recalificación furtiva o quizá porque en lo más profundo de mi ser, yo, propietario de una casa, no pueda evitar esbozar una cínica sonrisa cuando sube el precio de la vivienda, a pesar de que eso no haga más que convertir en lujo el derecho a disponer de un techo digno.
En el imaginario colectivo ha calado incluso la imagen del tramposo simpático y listo, que prospera gracias a su astucia. Lejos de combatirse, se han trivializado situaciones de golferío casposo y cañí (El Dioni, vigilante jurado ladrón y después cantante y presentador de relativo éxito, Antonio David, ratero haciendo uso de su tricornio y rentable personaje del corazón a continuación, la suegra de Jesulín de Ubrique defraudadora de la Seguridad Social, frecuente portada de la prensa rosa etc.) Y de aquellos polvos vinieron estos lodos. De El Dioni a Julián Muñoz hay un salto cuantitativo, no cualitativo. En España se ha frivolizado mucho con el delito y eso colectiviza la responsabilidad. Nadie está libre de culpa. Se trata de un problema cultural, inherente a la sociedad y consecuente con los valores que hemos ido cultivando en las últimas décadas (individualismo, éxito rápido, materialismo, superficialidad). La imagen del pillo que triunfa siempre ha sido tolerada y hasta festejada, pero ya va siendo hora de mirarnos al espejo y desterrar de nosotros mismos la permisividad, la media sonrisa tolerante o la indiferencia ante los que utilizan los resortes del poder en beneficio propio. Conclusión: todos debemos hacer autocrítica antes de linchar políticamente a un alcalde corrupto (lo que no le exime de cumplir con sus responsabilidades penales). Una sociedad con tolerancia cero hacia la corrupción (a cualquier escala) es estéril para los tejemanejes de los que se forran a costa de su acceso a los poderes públicos y fértil para apuntalar conceptos como justicia social o desarrollo sostenible.El código ético de conducta y la integridad personal empiezan en cada uno de nosotros, y si logramos transmitir el significado de la honradez a nuestros hijos, los políticos corruptos y sus adláteres serán, en una generación, un oscuro recuerdo.

12 de febrero de 2008

Comida basura


Un referente en el ocio adolescente es quedar en un restaurante de comida rápida a engullir papas fritas, hamburguesas, refrescos y demás perlas de la alimentación responsable. Además de estar en la raíz de numerosas patologías cardíacas, las hamburguesas representan uno de los iconos del modelo cultural y gastronómico norteamericano, perfectamente homologado por Europa para mayor gloria del colesterol y la obesidad. Analicemos ahora el asunto desde otra perspectiva: además de representar el triunfo de la comida basura sobre la cocina autóctona, deberíamos reflexionar a cerca de qué tipo de industria alimentaria estamos sosteniendo cuando dejamos nuestro dinero en alguno de los establecimientos de las multinacionales que todos sabemos (Mc Donald´s y Burger King principalmente).El ganado del que se nutren las multinacionales de la alimentación es engordado rápidamente con soja. (Y vaya usted a saber con qué más, pero en principio sólo con soja). Este vegetal se siembra en kilométricas extensiones de terreno que las multinacionales adquieren en la Amazonía. Después de despejar la selva y arrasar la masa arbórea se planta la soja que terminará en el pesebre del ganado. Esta circunstancia ha sido comprobada por opositores a esta cadena de alimentación-destrucción mediante vuelos aéreos de verificación que han demostrado como el comercio mundial de soja está contribuyendo a la destrucción amazónica. Por supuesto que los gobiernos implicados en este proceso, Estados Unidos y Brasil principalmente, no se dan por enterados. Tres gigantes agrícolas norteamericanos de las materias primas, Cargill, Bunge y ADM, empresas que controlan la mayoría del mercado de la soja en Europa, están fomentando la destrucción de la selva. Especialmente Cargill está liderando esta expansión y ha hecho tratos con hacendados sin escrúpulos que han falsificado títulos de propiedad y deforestado terrenos públicos o de las comunidades indígenas. Algunos de ellos, incluso, han estado utilizando trabajo esclavo. Cargill ha construido ilegalmente su propio puerto fluvial en el corazón de la Amazonia (Santarém, estado de Amazonas), desde el cual exporta soja a los puertos españoles como Las Palmas o Barcelona. Una vez importada, la mayor parte de la soja se utiliza para alimentar ganado animal. Un reciente artículo de la revista científica Nature alertaba de que en el 2050 se habrá perdido el 40% de la Amazonia si la tendencia actual de expansión agrícola continúa. Con ello se amenazará la biodiversidad y se contribuirá gravemente al cambio climático. Además, los monocultivos de soja tienen una alta dependencia de los químicos tóxicos y, en algunos casos, han llegado a cultivar soja modificada genéticamente en la Amazonia. La industria alimentaria europea es responsable del problema del cultivo de soja en el interior de la Amazonia. Los gigantes de la alimentación, como McDonald`s, deberían asegurar que su comida está libre de cualquier vínculo con la destrucción amazónica, la esclavitud y el abuso de los derechos humanos. Mientras no lo hagan, yo no pienso pisar uno de esos locales.Mientras en Occidente nos atiborramos de hamburguesas y refrescos de cola (y enseñamos a nuestros hijos a asimilar ese modelo nutricional) el Tercer Mundo agoniza flagelado por préstamos con intereses draconianos, expolio de sus recursos naturales, planes inviables de recuperación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y gobernantes corruptos generalmente títeres de las multinacionales. Los datos son dantescos. Mil millones de personas en el mundo tienen sobrepeso, y para otros 800 millones el hambre es el día a día. Más de 140 millones de niños están desnutridos. Cada siete segundos, un menor de diez años muere por efectos directos o indirectos del hambre. UNICEF ha alertado en su último informe de que más de la cuarta parte de los niños del mundo tienen un peso inferior a lo normal. Con todos estos datos, ¿se pueden reunir los directivos del Banco Mundial (BM), Organización Mundial del Comercio (OMC), G-8 y del FMI sin que se les caiga la cara de vergüenza? Al parecer, sí. Mientras tanto, en el próspero Occidente causan furor las liposucciones, lo Light, lo sin y se eliminan excedentes de cereal o leche para controlar los precios ¿Algún lector soporta esta frivolidad sin un escalofrío? En total la desnutrición acaba con la vida de cinco millones de pequeños cada año, la mayoría en el África Subsahariana y en tres países asiáticos: India, Bangla Desh y Pakistán. Por cierto que dos de estos tres países poseen la bomba atómica, sus gobiernos tienen claro cuáles son sus prioridades. De la malnutrición, irremediablemente se deriva la enfermedad. Si analizamos el comercio internacional de medicamentos, el asunto provoca sonrojo. Recientemente se pudo leer en EL PAIS: “El bloqueo de EE UU impide que África obtenga los fármacos baratos que necesita. 14 de las 20 grandes causas de mortalidad están fuera de la lista propuesta por el G-8”. Al parecer la industria farmacéutica no está dispuesta a dejar de contar sus beneficios por billones de dólares. Después de leer algo así, y con la imagen de los niños desnutridos y enfermos en la memoria, uno no puede más que pedir (en nombre de la dignidad y en nombre de las casi 20.000 personas que mueren al día en el mundo subdesarrollado sin tener acceso a medicamentos contra el sida, la malaria o la tuberculosis), a la OMC, al FMI, al BM, al G-8 y a todo esa ensalada de siglas inútiles y organizaciones marioneta que, si son capaces de generar un titular como el mencionado, suspendan sus glamourosas reuniones y al menos muchas personas dejaremos de sentir vergüenza de ser humanos.

1 de febrero de 2008

Moby Dick

El Océano Atlántico, por razones obvias, ha supuesto siempre un referente etnográfico, histórico y cultural para España. Y del océano, sin duda, han sido los cetáceos sus habitantes más cargados de simbología. Quizá por ello el ser humano siempre haya asociado a estos enormes mamíferos con una cierta concepción mitológica de la vida. A mí personalmente siempre me han fascinado sus escandalosas zambullidas o su imponente perfil oscuro en las pocas veces que he podido avistar algún ejemplar en cualquier travesía interinsular. En cualquier caso, quizá por ser animales marinos pero mamíferos como nosotros, siempre he considerado a ballenas, delfines, orcas o marsopas como parte fundamental del patrimonio biológico universal y desde luego como uno de los pilares de nuestra biodiversidad.
La Comisión Ballenera Internacional (CBI) se fundó hace 60 años y está integrada por 42 países. Este organismo es el encargado de regular la captura de cetáceos y de tomar las medidas conservacionistas adecuadas, incluyendo la creación de santuarios y la coordinación y mantenimiento de programas de investigación. A través de la CBI se ha podido implementar, desde hace 20 años, una moratoria a la caza comercial de ballenas. Sin duda alguna, éste ha sido el gran éxito de la CBI y de los grupos conservacionistas.
Según dice un viejo proverbio japonés “Una ballena puede hacer ricos a siete pueblos”. Y desde luego que los nipones siguen con fervor su refranero. Japón siempre ha tratado de transgredir esta normativa a través de la triquiñuela llamada caza científica o caza de investigación. Tras ser tumbada su propuesta de eliminar la moratoria a la captura comercial de ballenas, los japoneses han cambiado su estrategia y han optado por comprar descaradamente el voto de diversas naciones, principalmente pequeños países de África, Centroamérica y el Caribe, muchas de ellas sin tradición ballenera e incluso ¡sin costas! Sí, sí, han leído bien, naciones sin un metro de litoral. Cualquier país puede asociarse a la CBI siempre y cuando pague sus cuotas anuales, una circunstancia que supone cualquier cosa menos un aval de ecuanimidad. Cualquier año nos encontraremos a Cuba presidiendo la Federación Internacional de Esquí si así lo determinan los retorcidos intereses económicos. Estos países marioneta se suman a la comisión sin ningún escrúpulo, para sumar votos a la postura del país Nipón y defender los programas de caza científica. Así, el país del sol naciente y sus desinteresados adláteres torpedean las moratorias proyectadas desde la CBI.
Afortunadamente, la presión internacional contra la captura de ballenas ha derivado en que la población japonesa (gran parte de la cual no suscribe la insostenible política de su gobierno) haya disminuido considerablemente su consumo de carne de ballena, con el resultado de un sobrealmacenamiento de carne procesada, cuyo destino final se está orientado últimamente a la fabricación de comida para mascotas. Dramática paradoja.

Sin embargo, Japón no es el único interesado en eliminar la moratoria e incentivar las capturas comerciales de ballenas. Noruega cuadruplicó la cuota de captura para el año 2006 con respecto al año anterior, pese a que dicha cuota ha sido calculada con criterio conservador, según el Ministerio de Pesca del país escandinavo. Otro país nórdico, Islandia, está también a favor de la caza de ballenas, otorgándose a sí misma cuotas de capturas bajo permisos especiales, después de adoptada la moratoria.
Si realmente queremos dar un giro copernicano a la situación y salvar a los cetáceos de la extinción a medio plazo, se impone un férreo código de conducta entre los países balleneros, que evidentemente no tiene cómo prosperar mientras no se articulen mecanismos multinacionales que infrinjan sanciones a los países infractores y barreras comerciales a aquellas naciones que no cumplan con las medidas establecidas.
La conservación de los cetáceos no es un capricho. Tampoco como afirma el Director General Adjunto de Pesca de Noruega, se trata del síndrome de Walt Disney (humanizar a los mamíferos marinos) ni del síndrome de Moby Dick (que asigna un carácter incorrupto, desprotegido e inocente a las ballenas). En realidad es una alternativa económica para las comunidades costeras, que en numerosos países se encuentran en situación precaria debido al agotamiento y sobreexplotación de los principales recursos pesqueros. Estos usuarios pueden encontrar fuentes de ingresos adicionales a través del turismo de avistamiento y conocimiento de cetáceos. Es necesario adoptar una postura sólida, acorde con las políticas conservacionistas imperantes y que respalde el derecho soberano de los países a utilizar el recurso cetáceo mediante tecnologías no letales, a través de ecoturismo, investigación y valorización cultural.
Merece la pena destacar en su tarea en defensa y difusión de la fragilidad de los cetáceos, la actividad que el Museo de Cetáceos de Canarias, gestionado por la Sociedad Para el Estudio de Los Cetáceos en el Archipiélago Canario y Puerto Calero. En este proyecto común, un porcentaje del beneficio obtenido está destinado a financiar proyectos de investigación y conservación, relacionados con estos fascinantes mamíferos marinos.
No todas las ballenas son Moby Dick (por desgracia para Herman Melville, autor de la genial novela), pero yo, por mi parte, cuanto más conozco al hombre, más quiero a las ballenas.

7 de enero de 2008

Desarrollo, consumismo, publicidad

Nuestro modelo de vida, basado en el consumo de recursos renovables por encima de su tasa de renovación, conduce irremediablemente a la producción de residuos y desechos por encima de las posibilidades de asimilación de la biosfera. De esta premisa se deriva el alarmante futuro que acecha al planeta si no somos capaces de invertir la tendencia.
La humanidad de la que formamos parte está dotada de una esquizofrénica inteligencia que nos lleva a una casi segura autodestrucción y simultáneamente logra avances tecnológicos y científicos que mejoran sustancialmente nuestra calidad de vida. Sin embargo, este progreso lo hemos hecho a costa de las posibilidades de supervivencia de la inmensa mayoría de seres vivos con quienes compartimos el planeta. En sólo 3 siglos hemos arruinado tres cuartas partes de la masa forestal, hemos extinguido gran parte de la biodiversidad de nuestro ecosistema terrestre y hemos contaminado de manera irreversible el agua y el aire imprescindibles para la existencia de cualquier forma de vida. La propia dinámica vital del ser humano (producción, consumo, desecho), hace que este sistema sea incompatible con la conservación de las condiciones necesarias para la vida en la tierra.
Esta dinámica tiene como directriz y sustento teórico la ideología de mercado. Según ésta, el consumo en una sociedad sólo está determinado por los propios vectores de ese mercado: demanda, producción y consumo. Sin embargo, esta premisa queda desmontada por el enorme poder que la publicidad ejerce en nuestras maleables mentes. La producción de bienes y sus valores de uso en las sociedades sostenibles estaba antaño determinada por la satisfacción de las necesidades individuales, pero en nuestro actual modelo desarrollista, la producción tiene como único objetivo aumentar los beneficios, y los valores de uso de los bienes producidos son apenas una herramienta para lograr dichas ganancias.
La rápida decadencia y consecuente desecho de un bien u objeto en nuestra sociedad no está dado por la utilidad intrínseca de ese bien, sino por la aparición de un nuevo modelo de ese mismo objeto que la publicidad incita a adquirir. No importa si la función que cumpla sea idéntica al anterior. El ejemplo más palpable es el de los teléfonos móviles: el valor de uso de un móvil viene dado por la capacidad de ese instrumento para comunicarse con otra persona. La mayoría de las personas en nuestra sociedad abandonan sus móviles en poco tiempo para adquirir nuevos y mucho más costosos modelos con los que la publicidad ha bombardeado nuestras retinas. Terminamos por asimilar el nuevo modelo como una necesidad existencial. Es indiferente que sirva exactamente para lo mismo que el anterior, las personas abducidas por este estúpido bucle muestran orgullosas sus teléfonos como un símbolo de estatus, de clase o de calidad de vida.
Como complemento a la publicidad, no hay que ser demasiado listo para darse cuenta que las grandes multinacionales alimentan la cadena de consumo con medidas de dudosa legalidad e indudable poca ética como el diseño de componentes que a los pocos años se averían sin posibilidad de reparación y con repuestos inaccesibles. ¿Alguien se ha preguntado porqué casi siempre es más caro reparar un móvil que comprar otro?

Es absolutamente necesario entender que sin cambios sustanciales en los modelos de producción y consumo, en pocas generaciones nuestro planeta acabará irremediablemente colapsado y en unas condiciones ambientales incompatibles con la vida.

21 de diciembre de 2007

Principio de Incertidumbre de Heisenberg: Física y Ética

Heisenberg, un científico que recibió el premio Nobel de Física en 1932, estudió durante toda su vida la naturaleza de la más básica de las partículas que conforman la materia: el átomo. De átomos está hecho todo lo que es material. Heisenberg trató de observar la posición de una partícula. Con un buen microscopio pudo hacer visible un electrón (carga negativa del átomo), pero para ello lógicamente tuvo que proyectar una luz sobre él. Un electrón es tan pequeño, que basta un mínimo haz de luz para hacerle cambiar de posición. Y en el preciso instante de medir su posición, alteraríamos ésta, de manera que nunca podemos observarlo sin cambiar su posición. Este fundamento de la física cuántica fue denominado Principio de Incertidumbre de Heisenberg.
Este principio de la física cuántica es homologable a otros ámbitos del conocimiento como la filosofía o la ética. Nuestro propio haz de subjetividad nos impide con frecuencia captar la esencia real de determinados conceptos, ideas, opiniones. Sólo así se explica mi falta de criterio (o posiblemente de inteligencia) para entender a aquellas personas que, como he podido leer recientemente en un semanario de difusión nacional, sienten debilidad por los más exquisitos lujos. Me explico.
Mi irracional sentido de la austeridad difumina la importancia de una pulsera de chatones de oro blanco de la colección Élite de Suárez, cuyo precio es 55.000 euros. La simple lectura de esa cifra me obliga a traducirla automáticamente en vacunas contra la malaria (algo menos de un euro por dosis), sin reparar en la importancia emocional que tiene para la dama que pueda portarla en su muñeca.
Mi tosco y distorsionador sentido del pragmatismo disuelve la trascendencia de un reloj de pulsera de Vacheron Constantin valorado en 1.200.000 euros y del que sólo se han construido siete ejemplares, habiéndose vendido ya seis. Víctima del Efecto Heisenberg, soy incapaz de apreciar el respeto que esos seis admirables caballeros despertarán entre sus compañeros de bridge, e incluso tendré la desfachatez de intentar imaginar el efecto de esa cantidad de dinero en el sufrimiento de los niños que mueren mientras el segundero da una vuelta completa a la esfera de platino del reloj.
Mi recalcitrante sentido de la justicia distorsiona la verdadera esencia de un bolso Maxi Senda de Loewe de 12.000 euros, y por más que lo intento, asaltan mi mente imágenes de las escuelas que podrían levantarse con ese dinero en el Tercer Mundo sin percatarme de que la alfabetización es importante, sí, pero ¿acaso no lo es la elegancia de clase que otorgará ese bolso de piel de cocodrilo a su elegante portadora?
Como todas las leyes de la Física, el Principio de Incertidumbre de Heisenberg lleva asociada una conclusión empírica: La opulencia de una minoría sólo es posible a costa de la miseria de una mayoría.
El Ayuntamiento de Madrid nos felicita las fiestas con un colosal árbol de Navidad que ha costado 450.000 euros a las arcas municipales. Sin pensar en el destino que se podría haber dado a ese dinero, yo me atrevo a describir otra dimensión de la condición humana: pertenecemos a la más inmoral de las especies animales.

13 de diciembre de 2007

Los otros

Mi abuelo se llamaba Juan Pérez. Era de Haría, Lanzarote. Conducía un camión desde el norte de la isla hasta la capital transportando todo tipo de mercancías: gofio, alfalfa, cabras, dátiles o personas. En los duros años treinta y cuarenta, no todo el mundo podía costearse el viaje desde el norte hasta Arrecife, la capital de la isla, de manera que Juan muchas veces llevaba pasajeros que no pagaban. El viaje iba a hacerlo de todas maneras, pensaría. Se puede afirmar que su espíritu comercial no era demasiado competitivo. Con esa filosofía habría durado poco en cualquier empresa de hoy. Al volante de uno de los pocos vehículos motorizados de aquellos años pudo haber amasado una pequeña fortuna. Pero su escala de valores no iba por esos derroteros.

Siempre me he imaginado los viajes de mi abuelo y su camión. Tengo una imagen idealizada en sepia de todo aquello. La bulliciosa subida de mercancías, enseres y personas en Haría. El carraspeo del motor antes de ponerse en marcha con sonido asmático. Juan Pérez, en medio del bullicio de personas y animales, enfilando la cuesta de Trujillo dejándose llevar hasta Arrieta. El vehículo, cargado hasta los topes, brincando sobre los baches de la carretera, amenazando con desmoronarse en cualquier momento. El motor desgañitándose y el ruido ensordecedor. Las cabras asustadas. Me imagino el camión tosiendo y jadeando al superar la rampa de Mala y más tarde parado en Guatiza, el pueblito donde Juan se paraba a echar un vinito con sus amigos hasta que los pasajeros más impacientes le apremiaban a seguir viaje. La tartana descansando de nuevo en Tahiche, donde se cambiaba el agua del motor. A través del sucio parabrisas, el tranquilo conductor observando con ojos entornados el infinito azul a su izquierda y el perfil suave de las montañas de Lanzarote al otro lado. Enfilando las travesías de cada caserío escoltado por perros ladradores y niños chillones a la carrera. A punto de destartalarse en cada curva, en cada cambio de marcha, renqueante pero firme, avanzando por caminos polvorientos entre resoplidos hasta su destino final, donde aguardaban los familiares de los pasajeros, los curiosos, los que esperaban algún recado. Y los que no habían pagado, agradeciendo a mi abuelo el favor con la sonrisa triste de los pobres.
Hoy me acuerdo de mi abuelo cada vez que en Las Palmas, en Madrid y también en Arrecife asisto impávido al triunfo de la cultura del individualismo más competitivo y ególatra. Es desolador presenciar la competición diaria por ser el más grande, el más rápido, el más moderno, el más audaz, el más... Un simple vistazo a la publicidad de los automóviles nos hace ver como los vendedores siempre apuntan al flanco más vulnerable del comprador: su vanidad.
En esas junglas de asfalto, se suceden todo-terrenos que, del tamaño que tienen, más parecen amenazantes tanques. Veloces deportivos que zigzaguean peligrosamente entre sus demás enemigos de cuatro ruedas. En la autopista te adelantan auténticos bólidos que se te pegan como lapas y gesticulan impacientes aspavientos al tiempo que disparan impertinentes fogonazos de luz para que te apartes de su triunfal camino hacia la gloria (eterna en el peor de los casos). Que monumento a la frivolidad es pedir, como piden los políticos de la oposición (sean del partido que sean), la comparecencia en el Parlamento del Ministro del Interior cuando las cifras de muertos en carretera son percibidas como socialmente insoportables. Qué forma de utilizar el dolor. Son estériles campañas de concienciación o permisos por puntos si el que no comparece de una puñetera vez al volante es el sentido común.
Luego están los tuneros, que no tienen nada que ver con las tuneras, sino con el tunning, una muy intelectual moda que consiste en gastar más dinero en decorar el coche que en el propio automóvil, es decir la victoria de la forma sobre el fondo. Éstos están más pendientes de ser vistos y admirados que de conducir seguros. Así, el coche deja de ser un medio de transporte, al menos en su dimensión fundamental, para convertirse en un símbolo social de triunfo, de poder, de carácter. La cultura de la Fórmula 1, de los centímetros cúbicos, de los vehículos capaces de doblar la velocidad máxima permitida, del éxito rápido, ha calado en la sociedad.
Otros, haciendo apología del decibelio, circulan como auténticas discotecas rodantes. Y todos, compiten. Las calles de la ciudad se nos presentan como una especie de batalla sobre neumáticos donde se ejerce el poder del más grande y más veloz sobre los más pequeños y lentos. Guaguas contra automóviles, taxis contra guaguas, motos contra deportivos y todos contra bicis y peatones. Los accidentes diarios demuestran que a cada cual le irrita la libre circulación de los demás y que percibe a los demás como rivales, demostrando un concepto ridículamente competitivo de la vida.
Esa imposibilidad de compartir espacios y el contexto urbano intoxicado de violencia donde sólo nos comunicamos a través de la pita o el insulto, son generados por un ritmo impuesto por el mercado, que materializa su hegemonía convirtiendo el tiempo en dinero, las personas en contrincantes, los espacios públicos en parcelas cercadas, las calles en simples viales por donde circulan mercancías, la solidaridad en competitividad. Así, no importa lo que contaminamos, ensuciamos o destruimos, porque el único espacio que consideramos es el que compramos y nuestro modelo cultural ha sustituido las ganas de compartir por la necesidad de consumir.
No se aboga desde estas líneas por edulcorar los parámetros que rigen las relaciones sociales que gobiernan el mundo. Tampoco por trasladarnos a un caramelizado y bucólico país de bondad infinita. Nuestro mundo no es el de mi abuelo. Y ese mundo no era ni mucho menos perfecto. Pero no estaría de más tratar de humanizar, de insuflar algo de cordialidad a las interacciones entre personas, de dejar de percibir a los otros como los enemigos.
Hace tiempo un primo mío tuvo que hacer auto-stop en Lanzarote. Un coche paró y mi primo se identificó como nieto de Juan Pérez, el del camión. Le faltó tiempo al conductor para llevarle donde quisiera y cantarle maravillas de su abuelo. A buen seguro mi primo se sintió orgulloso por ser nieto de quien era. A mi abuelo Juan no le hizo falta GPS, blue tooth, llevar el camión tuneao ni ser un conductor agresivo y temerario para ser admirado, aún hoy, 22 años después de haberse marchado. Le bastó con su carácter amable.

¡A por ellos, oé!

Próximo verano, eurocopa de fútbol. Inmersos en nuestra estival hipnosis colectiva balompédica, nuestros sentidos se ven sometidos a una pertinaz ofensiva publicitaria, que anula y persigue cualquier reducto de inteligencia en nuestras mentes de potenciales clientes. ¿Le parece exagerada esta afirmación? Sepa que un ciudadano de Occidente ve como media dos millones y medio de anuncios publicitarios a lo largo de su vida.

Bajo el paraguas mediático de un evento de la magnitud de la eurocopa de fútbol se ampara la más burda manipulación, convirtiendo al espectador en personaje de un guiñol. Como ejemplo, un botón: una conocida casa comercial de televisores ha desarrollado la antología del insulto a la inteligencia creando un sistema por el cual el mando a distancia de nuestro televisor deja de funcionar cuando a la pantalla se asoman los consejos publicitarios. El artilugio inhibe la frecuencia del telemando de manera que nos tragamos los anuncios queramos o no, y de paso inhibimos también nuestra propia sinapsis neuronal convirtiéndonos en espectadores-marioneta. Ya sabíamos que las cadenas de televisión elevaban el volumen del receptor para despertarnos de nuestra soporífera siesta y poder así atender a las maravillas del coche o el frigorífico de turno, también sabíamos que la mentira y la media verdad son lugares comunes en la estrategia publicitaria, pero impedirnos cambiar de canal raya con el secuestro de la voluntad. Y si alucinante es esta forma de manejar al televidente, kafkiana es la forma de rescatar la libertad del telemando que propone la casa comercial: pagando unas cómodas cuotas. Es decir, tu libertad tiene un precio. Al ideólogo de tan brillante idea seguro que le inspiró el cacareado y futbolero ¡a por ellos, oé! (a por los clientes, se entiende).

También a la sombra del bombardeo mediático con el fútbol como trasfondo-excusa, se cobija la discriminación sexista (anuncios machistas por doquier, prostitución, tráfico de mujeres), la explotación infantil (pregunten a Nike o Adidas quienes son sus empleados más rentables), el despilfarro inmoral (el Mundial de fútbol es el espectáculo-negocio más caro-rentable del planeta), la apología de la injusticia social (¿o como denominaría usted que un ser humano pueda ganar 40 millones de euros al año?), la violencia (celebración y violencia vienen a ser sinónimos en un contexto deportivo global como este), etc.

Víctima de la exposición continua a la radiación catódica, nuestro sentido crítico es incapaz de indignarse por sentirse un puchinela en este teatro. Para entonces, el sedante de 21 pulgadas ya ha hecho su plácido efecto y nuestro inconformismo navega a la deriva en un onírico océano. Una especie de aureola balompédica nos envuelve y nos enfanga relativizando todo respecto al dios fútbol, impidiéndonos distinguir en importancia un gol de España de un terremoto en Indonesia. Acomodados en nuestro sofá, frente a la pantalla extraplana y arropados por el sonido Home Cinema, asistimos al trascendental encuentro entre Liechtenstein y Osetia del Norte, hipnotizados por el despliegue de luz y color que sale de la maravillosa pantalla LCD. Y así precisamente, trascendentes y con gesto grave, atendemos al esquema defensivo que Argentina ha plantado sobre el césped para hacer frente a la ordenada disposición táctica inglesa en 4-3-3. Y si en un alarde de curiosidad científica a alguien se le ocurre zapear hasta La2, asistirá atónito a un reportaje sobre los últimos linces ibéricos que quedan en la península ¡desde luego! Habrá quién esté viendo a los gatitos esos, justo ahora que Beckham va a lanzar una falta al borde del área.

La verdad relativa

En 1862 el escritor francés Victor Hugo alumbró su novela Los Miserables, un relato épico en el que se denuncia el maniqueísmo de la sociedad burguesa decimonónica. Un siglo y medio después, el estudio del binomio verdad-mentira y su lectura sociopolítica elaborados por el novelista gozan de una asombrosa actualidad y muchos de sus diagnósticos son perfectamente homologables a nuestro tiempo. En nuestra globalizada civilización la mentira o la tergiversación campan a sus anchas y se sirven para ello de numerosas herramientas semánticas y sintácticas. La sustancia de la verdad se pierde diluida en inversiones orwellianas de la realidad utilizadas por visionarios gobernantes para embarcarnos en aventuras belicistas con reminiscencias bíblicas. Se cumple la máxima de Goebbels en virtud de la cual la repetición sistemática de una mentira acaba por transformarla en veraz o al menos en verosímil, que no es poco. Desde los púlpitos se sermonean alcanforadas proclamas que anuncian el fin de la institución familiar por culpa del reconocimiento de derechos a minorías. El granel de las falsificaciones contamina los valores de nuestro tiempo. Afortunadamente, por encima del play-back en los artistas de moda, del Fotoshop en las fotografías, de las copias pirata en el top manta, del amarillismo provocador o de los colorantes, parecía quedar inmune la verdad científica. La ciencia empírica como el monolítico acantilado de la verdad donde venía a romper y sucumbir cualquier oleaje mendaz. Sin embargo, revistas del prestigio de Science o Lancet han consentido en difundir trabajos de Hwang Woo-Suck, de la Universidad Nacional de Seúl, y de Jon Sudbo, doctor en el Hospital Radiológico de Oslo, que suponían auténticas manipulaciones in vitro en aras del prestigio personal. Desde esta perspectiva, si la ciencia también se sirve de la mentira, si no hay apoyo posible donde apuntalar la verdad, ¿qué significa lo verdadero? La verdad abandona aquí su naturaleza absoluta para quedar impregnada de carga relativa.
Mienten los gobernantes y militares que arrasan un país en busca de unas inexistentes armas de destrucción masiva. Mienten los periodistas que denominan operación militar a un bombardeo israelí que siega la vida de nueve niños diferenciándolo de un análogo atentado terrorista palestino que acaba con otros nueve inocentes. Mienten las petroleras cuando reajustan los precios del carburante si los suben (si los bajan, no es un reajuste, es una bajada). Miente Repsol cuando nos vende sus inocuos negocios mientras cuenta sus beneficios por billones. Mienten los gobiernos que asesinan preventivamente. Mienten los productos Bio, que llevan tal carga de aditivos que lo único que tienen de biológico es el nombre y tiene que ser un juez el que destierre el engañoso sufijo de los envases. Mienten los zumos que dicen ser cien por cien naturales. Pero, a estas alturas, si dijeran la verdad, ¿sabríamos reconocerla? Las reproducciones del original han llegado a ser tan perfectas que cuando se realizó una réplica de la Dama de Elche hubo que acuñar con urgencia el original para evitar confusiones.
En la vida corriente, el 80% de los alimentos procede de fábricas y es resultado de materias primas tratadas con conservantes, estabilizantes, colorantes, antibióticos, procesos genéticos, hormonas. Estas técnicas han incrementado la productividad y abaratado el precio, pero han sustraído, a la vez, la esencia de las cosas. En esa oquedad no hay nada o, como sucede con los procesos de fecundación artificial, un espacio disponible para introducir otra sustancia. El mundo viene a ser crecientemente mestizo e incrementa la opacidad del origen. De este modo, la idea de una verdad pura asociada con la transparencia neta es un mito falso, otra falsificación. "La verdad también se inventa", decía Machado. ¿Habrá leído Bush a Machado? No creo, George es más de la generación del 27.
En la televisión, el altavoz preferido de la calumnia, los reportajes que refieren la realidad se conocen como materiales de "realidad formateada" o tele-realidad. Los documentales deben ser debidamente tratados, formateados, para evitar que la verdad a secas sea indigerible o mal asumida por los espectadores. Con todo, las instituciones han sido las que más crédito han perdido ante la ciudadanía. Desde la Universidad a la política, desde los medios de comunicación hasta el Vaticano, han sufrido importantes pérdidas de valor. El nuevo ciudadano-consumidor se ha vuelto más cínico, más crítico y mejor informado. Es fácilmente infiel a una creencia o a un producto, a un partido o a una pareja que le decepciona o le hace dudar de su honestidad. La falta general de verdad, y aún más, de verdad continuada, ha gestado un público escéptico tanto ante los creadores de opinión como ante los profesionales de la mercadotecnia.
Así, frente a la tambaleante fe en las instancias establecidas, la gente tiende a fiarse más del boca a boca. El tendero tradicional que informaba y aconsejaba sobre un determinado producto fue reemplazado por el universo de la publicidad. Ahora, sin embargo, el descrédito de la publicidad convencional ha impulsado el nacimiento de una nueva mercadotecnia o marketing viral, que consiste en difundir comentarios favorables sobre una determinada marca. Es la estrategia que incentiva al receptor de un mensaje para que lo transmita rápida y espontáneamente a otros consumidores potenciales, adquiriendo dicho mensaje la validez y la credibilidad que no consigue por los medios tradicionales de transmisión. Nuevas empresas en el mundo del marketing, basan su éxito en la estrategia del rumor y emplean a gentes contratadas para propagar la bondad de ciertos artículos en los ambientes apropiados. Actores desconocidos que hacen de turistas y muestran casualmente el último grito en telefonía móvil. Actores prestigiosos que aparcan en lugares distinguidos un determinado modelo de coche. Adolescentes contratados que difunden entre sus condiscípulos una marca de ropa o de zapatillas, etc.
La obtención y disfrute de la verdad (real u operativa) tiende a ser cada vez más un producto escaso o de lujo, como la alimentación biológica, los espacios silenciosos o el agua pura. Las personas honradas, el comercio justo, el dinero ético, las políticas transparentes o la ciencia exacta han adquirido la dimensión de ficción.

Victor Hugo en Los Miserables escribió: "La mentira es lo absoluto del mal”. El Mal y no el Bien, la fuerza del rumor y no de la verdad, la fortaleza de la frivolidad y no del rigor parecen ser el vector director de nuestro tiempo.